Ser mujer y ser mayor

Ser mujer mayor es una oportunidad para replantear nuestras metas, retomar en nuestras manos la vida, el tiempo y nuestro disfrute. No tenemos tiempo para desaprovechar, es el tercer acto de nuestra vida.

Replantear anhelos

Hemos vivido alegrías y tristezas, aprendido de nuestras lágrimas y risas. Por satisfacer y cuidar a quienes queremos, respondiendo a lo que se espera de nosotras como mujeres, postergamos sueños, ganas de conocer, aprender, experimentar y no nos dimos tiempo para nosotras. Ahora es momento de replantear nuestros anhelos, remodelar nuestros roles y formas de relacionarnos. Nuevos planes nos esperan para una mejor forma de vivir, con la alegría que merecemos.

Transformar los paradigmas

Los pasos dados, tropiezos, logros y sueños forjados durante la vida moldearon nuestro camino a la vejez. En ellos influyeron los cuentos, canciones, juegos, películas, protagonistas de la historia, del arte o de la moda que eran nuestra imagen a seguir, y junto con otros factores culturales nos marcaron paradigmas que no siempre abonaron a nuestro libre y pleno desarrollo. Siempre es tiempo de repensar y seleccionar para afirmar algunos, transformar o desechar otros y diseñar nuevos proyectos.

El ideal social a lo largo del tiempo

Revisemos la formación del ideal social de las mujeres a través de los años. De niñas soñamos con ser princesas, bellas y jóvenes para ser salvadas por un príncipe guapo y fuerte que llegaría a caballo, nos daría un beso y formaríamos con él una familia feliz a la que cuidaríamos con esmero. Jugamos a cocinar, cuidar bebés, hacer collares, pintarnos la boca; nos prepararon para ser dulces y suaves, en un entorno de color rosa y pastel, adornándonos con listones y florecitas. A los niños se les forma para la aventura, las emociones fuertes, la rudeza, las decisiones y para ser los salvadores. Pocas niñas jugaron con motos, aviones o futbol. Eso era para los hombres.

Cuando nuestro cuerpo sintió la sexualidad, la cuidamos con mezcla de recelo, anhelo y miedo, para atraer a ese príncipe a quien amar y crear un hogar feliz, aunque ya no llegara a caballo.

Sin duda disfrutamos esa época, bailando twist y rock and roll, nuestros primeros besos y caricias. Nuestro primer brassiere fue muy importante, un lápiz labial sustituyó nuestra muñeca. Sentirnos halagadas por el hombre era sentirnos  mujer.

Mi sueño era ser tan sexy como Sarita Montiel, que me amara un torero, que me cantara Pedro Infante o Jorge Negrete. Encontrar sustitutos requería un cuerpo atractivo, y cierta debilidad o sometimiento.

Más tarde, en la adultez, los sueños rosas se pintan de realidad; el embarazo nos confunde entre felicidad y desagrado al vernos al espejo. Con el disfrute de la maternidad y la familia, llega el cansancio, el olor a cochambre, el pantalón que no cierra; se cruzan los deseos de ir a la universidad y pasear —que postergamos para cuidar a nuestra familia como se espera de nosotras—, y la comparación callada de las mujeres delgadas y libres.

Nuestra recompensa fue el halago por ser buena esposa y cocinar rico, en lugar de por ser la inteligente y exitosa doctora o bailarina que soñamos. Hemos fincado nuestro valor en los demás, poniendo en riesgo nuestra autonomía en el envejecimiento. Es momento de disfrutar las mieles de esta etapa, si transformamos ese paradigma en el de una mujer mayor autónoma, participativa y realizada.

Retomando nuestra vida

Dependiendo de nuestras condiciones personales, sociales y económicas, vivimos estas etapas con mayores o menores carencias, posibilidades, oportunidades y flexibilidad. Como mujeres en distintos ciclos de la vida, cada época es en sí misma disfrutable y conlleva sus dificultades, a la vez que arraiga como destino el deber ser como mujer, lo cual aleja oportunidades de desarrollo y restringe el campo social, Si nos reconocemos mujeres fuertes, nos cuestionamos y ampliamos nuestra vida, autodeterminándola.

Somos un valor social, hemos dado mucho, nos merecemos disfrutar nuestro tercer acto de vida; el secreto es remodelar nuestros roles, gozar nuestras relaciones afectivas a partir de reconocer y respetar quiénes somos. Retomar nuestra vida y nuestro tiempo, desaprender y aprender, replantear sueños y metas propias.

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