El bebé normal y su crianza

El recién nacido de nuestra especie, aun cuando nace normal y a término, lo hace con un gran retraso en el desarrollo de su cerebro y en completa indefensión. Los logros futuros de cada ser humano dependerán en gran medida, no sólo de su carga genética (herencia), sino de los cuidados que reciba, sobre todo durante el primer año de su vida.

El bebé normal es de apariencia sana, es activo y se muestra feliz.

Come bien, duerme bien, crece en peso y talla de acuerdo a lo normal, y mes a mes gana en actividad y se le ve más listo. Al mismo tiempo se le nota bien integrado en su medio, y éste y él disfrutan entre sí.

El progresivo desarrollo normal del nuevo ser le hace ir alcanzando unos hitos o cotas perfectamente objetivables en el tiempo, tanto en el terreno físico como en el ámbito psíquico, que procedemos a resumir a continuación de un modo muy esquemático.

En las dos primeras semanas de vida los bebés pierden una serie de reflejos primitivos, que son normales en el recién nacido, debido a la inmadurez de su sistema nervioso.

Durante el primer mes ven con dificultad, respondiendo sólo a grandes estímulos luminosos; pero oyen bien ruidos y sonidos, y sobre todo tienen bien desarrollados los sentidos del olfato y del tacto, siendo a su través como en esta edad podemos transmitirles nuestra presencia y afecto.

Durante el curso del segundo mes, el bebé aprende a levantar la cabeza cuando se halla acostado boca abajo, y la mirada empieza a estabilizarse al tiempo que comienza a seguir con la misma el rostro humano.

Durante el curso del tercer mes de vida comienza a mover voluntariamente la cabeza en dirección al ruido y se fija en los objetos que ve siguiéndolos con la vista.

Al cumplir el tercer mes, los bebés responden con una sonrisa cuando se les aproxima de frente un rostro humano. Esta respuesta indiscriminada desaparece al comienzo del sexto mes. Sostienen ya la cabeza durante un tiempo ilimitado.

Después de cumplir el tercer mes de vida, el niño aprende paulatinamente a reconocer objetos y figuras de su entorno: madre, biberón, etc.

A lo largo del cuarto y quinto mes de vida, el bebé agarra los objetos que se le presentan.

Al sexto mes de vida, puede permanecer sentado sin ayuda. Los sonidos, hasta entonces inarticulados que emitía, comienzan a tomar la forma del balbuceo, y poco después comienza a emitir sílabas aisladas.

También en este sexto mes de su vida extrauterina el infante integra sus recuerdos, hasta entonces aislados, de la persona que lo atiende con preferencia, y desde ese momento es capaz de diferenciarla de todas las demás personas y objetos, fijándose a ella con exclusividad comprobable.

A los ocho meses intenta ponerse de pie y gatea. Es por entonces cuando comienza a reaccionar con signos de angustia o recelo cuando se le acerca un rostro desconocido. Esta conducta es típica pero variable: baja los ojos, se los tapa con la mano, vuelve la cabeza en otra dirección, alza los vestidos para ocultar el rostro, hace pucheros, llora en silencio o a gritos, e incluso puede prorrumpir en manifestaciones de pánico. Se interpreta esta conducta como la frustración de la necesidad de la madre, y el rechazo firme de cualquier otra persona que no sea ella. Pero al mismo tiempo se produce un despliegue espectacular de habilidades nuevas y el logro de la ideación. Por primera vez el bebé consigue asir objetos situados más allá de su entorno inmediato (por fuera de los barrotes de su parquet o camita, por ejemplo), y si se le muestra cómo suena una campanita tirando de un cordel al que está unida, intentará así mismo atraérsela tirando del cordel, lo que demuestra bien a las claras que ha comenzado a asociar ideas.

A los nueve meses imita los sonidos que oye. Desde entonces hasta los doce meses desarrolla la comprensión del significado de los gestos y palabras que observa y oye.

A los doce meses logra mantenerse solo de pie; y suele articular un promedio de siete palabras.

Hacia los quince meses de edad, el pequeñín da un paso de gigante hacia la abstracción al mostrarse capaz de aplicar correctamente la palabra no y el gesto de la negación a cualquier demanda que se le plantee y que no le apetezca. Antes se limitaba a rechazarlo; ahora ha aprendido a decir no, moviendo al mismo tiempo la cabeza en sentido negativo.

Este logro supone de hecho la adquisición por el niño del primer símbolo semántico auténtico, de la primera piedra de todo el enorme edificio del código de señales abstractas que constituye la comunicación humana, que desde ahora crecerá de una forma constante y progresiva.

Pero ¡ojo!, paradójicamente, este saber decir no, conlleva implícita la propia autoafirmación del nuevo ser, o sea, que al negar algo a los demás, en realidad se está autoafirmando él mismo, de aquí que sea tan importante no oponérsele por sistema.

En primer lugar, cabe recalcar que, con las necesidades básicas cubiertas en cuanto se refiere a alimentación, cobijo e higiene, incluidas las vacunaciones preventivas de las enfermedades infecciosas, lo más importante es el afecto que seamos capaces de meter de verdad en la tarea de criar, lo que se condiciona a su vez por nuestra capacidad de disfrutar con ella, a lo que nos ayuda considerablemente el limitarnos a vivir la crianza día a día sin pretensiones y sin manías; en otras palabras, que no hay que esperar recompensa alguna de la crianza de un bebé, más que el hecho mismo de lo que cada día surge y se obtiene al hacerlo, sin preocuparnos para nada del porvenir, del día de mañana.

Hay que desterrar, de una vez por todas, el miedo a hacerlo mal y cualquier otra clase de miedos, causa de casi todos los errores graves que se cometen. Los bebés se bloquean, no por su propio miedo, que no lo conocen, sino por el miedo que captan en su entorno. Ahora bien, si los adultos del entorno inmediato del niño padecen enfermedades psíquicas evidentes, o aun larvadas, deben tratarse por el correspondiente especialista hasta corregir el trastorno, pues incluso depresiones leves lastran enormemente la crianza, no siendo raro que condicionen de manera negativa la psique futura del niño y del adulto en que el bebé se convertirá. Evitar el miedo, no es, por supuesto, no poner los medios necesarios para evitar al peque en la medida de lo posible los riesgos graves innecesarios.

Tanto la concesión como la privación son necesarias para la correcta crianza del bebé; pero, todo cuanto le demos o le dejemos de dar deberá serlo de una manera equilibrada; todo cuanto le aportemos o le neguemos, alimento, cuidados, distracción, cariño…, lo haremos ponderadamente, intercalando siempre los periodos de privación necesarios y suficientes.

Hay que sustituir los imprescindibles alejamientos de la madre con las personas del entorno del bebé que mejor dispuestas se encuentren y que reúnan las mejores condiciones para cuidarlo: papel de los abuelos, tíos, hermanos mayores, personal contratado; pero, eso sí, manteniendo una cierta regularidad y constancia.

Debemos procurar que en la medida de lo posible no se encarguen de la crianza del niño personas con enfermedades contagiosas o psíquicas, adictas a tóxicos, o demasiado maniáticas.

Ilustraremos el tema con algunos ejemplos observados en la clínica médica.

Por “Defecto” de aporte afectivo desde el entorno del bebé y sobre todo desde su madre se producen los siguientes cuadros clínicos:

  1. Cuando en vez de afecto hay angustia excesiva en quienes cuidan al bebé, éste desarrolla el cólico del lactante.
  2. Si lo que existe en el entorno es franca hostilidad sin el contacto físico suficiente, se suele presentar el eczema infantil.
  3. Si se fluctúa permanentemente entre el mimo y la hostilidad excesivos, el lactante ya mayorcito presentará el fenómeno del cabeceo.
  4. Por último, si se le abandona a los cuidados exclusivamente profesionales, sobreviene una grave depresión e incluso la muerte.

Por “Exceso” de cuidados y de consentirlo, anticipándose a todas sus exigencias e impidiéndole así en absoluto la tensión de la frustración de la necesidad, imprescindible para progresar en el desarrollo y ganar en valores y habilidades, se le perjudica en el sentido de convertirlos en inútiles o inadaptados.

En la actualidad es dado observar que el “Aislamiento” excesivo en núcleos familiares muy pequeños y narcisistas, con toda la familia muy profesionalizada, y con el bebé abandonado desde muy pronto casi todo el día con gentes que no los aman, pero, eso sí, colmado de todo lo superfluo, resulta a la larga en niños mayorcitos muy habilidosos y aparentemente brillantes, pero infelices por su excesiva agresividad explosiva y la carencia de finos mecanismos de relación social, que desconocen.

Y como ejemplos de crianza inadecuada, baste con lo esbozado aquí.

La cuestión final que dejo aquí planteada ante las tendencias sociales que observo en relación al problema que nos ocupa es:

¿Estamos dispuestos a tomar las riendas y a asumir el trabajo y la responsabilidad de criar bien a nuestra prole, o seguiremos aspirando a trabajar y divertirnos sin objetivo vital alguno?

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